DERROTERO  MAGALLANES

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Derrotero: Arqueología de una Patagonia ficcionada

Catalina Correa (1984) es una artista que, desde Aysén, ha trabajado con el paisaje, desarrollando prácticas de investigación en terreno y una visualidad determinada por el vestigio y el archivo. Gracias a la invitación del Centro de Indagación Territorial Conflicta, participó durante octubre y noviembre en una residencia que le permitió tensionar su obra en la relación con el territorio, ampliando sus exploraciones hacia otro borde de la Patagonia: el Estrecho de Magallanes.

Derrotero comenzó durante mayo en Valparaíso. Allí, la artista se sumergió en el estudio de antiguas cartografías del estrecho, encontradas en el Servicio Hidrográfico de la Armada (SHOA), llamando su atención la riqueza gráfica de los dibujos y la evolución de los mapas, dice: “cómo éstos han ido mutando a través de las épocas hasta perder la expresividad de la línea y convertirse en los patrones hoy conocidos”. Ya en Punta Arenas, visitó el Departamento de Climatología del Instituto de la Patagonia, deteniéndose en los sistemas de medición de los factores del clima, concentrándose nuevamente en la gráfica y la materialidad, en la estética de estos estudios sobre el agua, el viento y la nieve. Sumó recorridos por estancias y paseos por la ciudad, lo que incluyó Puerto Natales. Queriendo aproximarse al pasado ancestral, a la vida rural y urbana, se fascinó especialmente con ciertos encuentros azarosos en quioscos y almacenes de revistas, en conversaciones con los dueños de estos locales, recolectando imágenes, textos y mapas.

Todo este repertorio gráfico, vinculado a la ciencia, la naturaleza, la ciudad y la memoria, le dio las claves para la serie de cuadros que ahora exhibe más bien como esbozos. Aquí, lo que menos encontramos es ese paisaje entendido como la panorámica que enfoca una pintura o una postal, sino más bien una suerte de arqueología, los indicios de un paisaje cultural que no termina de construirse. Catalina aclara su concepto de “paisaje” como “lo que se percibe y observa desde un marco territorial”, siendo esto último “una situación más tangible, recorrible”.

En la serie de láminas, encontramos entonces ciertos elementos propios del lugar, una mirada de paisaje o el paisaje como mirada. Mientras que la instalación con alzaprimas hablaría de un territorio. Para concebirla, la artista se enfocó más ampliamente en el contexto, involucrando tanto su experiencia de historia, paisaje y comunidad, como la situación del edificio, una de las instituciones culturales más relevantes en la región y antigua casona de la familia Braun-Menéndez, importantes comerciantes ruso-españoles de principios del siglo XX, reconocidos dentro de los principales perseguidores y cazadores de indígenas en la región.

En la situación de fuerza y sostén que ejercen estas estructuras aparentemente frágiles, dice la artista, se puede percibir cierto rasgo identitario local: el carácter de resistencia de los habitantes de una zona marcada por el rigor del clima y la geografía, por la lejanía extrema respecto al resto del mundo, y el aislamiento vivido luego de que el estrecho dejara de ser el principal paso hacia uno y otro lado de los océanos. Las alzaprimas, como primeramente se podría leer, no se refieren tanto a la precariedad, sino al ilusionismo: blancas, bajo luces de neón, lucen fantasmales o como las columnas descubiertas de una ciudad inventada. Allí, está también simbolizada la paradoja de cómo se concibió un territorio desde el exterminio de sus habitantes originarios, la fragilidad de un sistema que es producto de una imposición y que necesita de ciertas estructuras que lo sostengan: el Estado, la Tecnología, o la Máquina.

Carolina Lara B.
Periodista y crítica de arte

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